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El sabor del verano

  • Foto del escritor: Carla
    Carla
  • 5 feb
  • 2 min de lectura

Febrero, pleno verano en Chile. Playas repletas de familias y amigos disfrutando del sol y el mar. Se escucha el agua, el viento, los niños jugando y, a lo lejos, el clásico grito: “palmerita, cuchuflí, maní, barquillo”.


Arena, toalla, bloqueador… y las palmeritas. Comerlas mientras el aire marino se te cuela por la cara, con el pelo todavía mojado, el sol empezando a esconderse y esa crocancia inconfundible mezclada con un poquito de arena (infaltable, porque hay que decir la verdad, hasta le da un toque jaja).





Agua, harina, azúcar y mantequilla. Ingredientes sencillos, pero que esconden un trabajo lleno de paciencia y dedicación. Para hacer la masa de hojaldre hay que plegar, dejar reposar y esperar. Varias veces. Ahí está la magia: en el tiempo, en el cuidado y en ese proceso lento que termina convirtiendo algo tan simple en algo único. Así se hacen las palmeritas.


Existen dos teorías sobre el origen de este manjar de dioses. Una dice que el papá de Claude Gellée, en Francia alrededor de 1645, estaba enfermo y solo podía comer preparaciones hechas con agua, harina y mantequilla. Claude creó una masa con esos ingredientes, la plegó varias veces y la moldeó como un pan. Al salir del horno, quedó sorprendido al ver cuánto había crecido (Socialmedia, 2018). La otra teoría cuenta que simplemente le gustaba observar el proceso del pan: cómo se trabaja la masa, cómo toma forma y cómo crece en el horno (Origen de la palmera de hojaldre, s.f.).


En Chile, la palmerita redonda —nuestro clásico playero— fue creada por Alberto Rieder en Algarrobo. Un cocinero alemán que trajo recetas europeas y adaptó la técnica del hojaldre para conquistar el gusto chileno. Y uff, definitivamente lo logró. (Santibáñez, 2025)




A mí, las palmeritas me llevan directo a mis vacaciones en La Serena. Íbamos todos los años y mi abuela siempre nos compraba las clásicas palmeritas redondas, esas que vienen en bolsas transparentes. Recién salidos del mar, secándonos al sol, alrededor de las cinco de la tarde, con gente jugando a las paletas o haciendo castillos de arena, ella llamaba al señor o señora que las vendía. Se nos acercaba con su bandeja llena de cuchuflis, maní confitado, barquillos y las palmeritas colgando de un fierro hecho especialmente para transportarlas.


Compraba para todos. Íbamos abriendo las bolsas de a poco, compartiendo entre risas, aunque si tenías suerte, ella compraba una para cada uno. Y ese… ese era el mejor regalo del mundo. ¡Qué suerte cuando te tocaba tu propia bolsa de palmeritas!


Son recuerdos que no se olvidan, que se guardan con cariño y que, algún día, me encantaría repetir con mi propia familia.


¿Te suena esta historia? ¿También tienes recuerdos con las palmeritas en la playa?

 

Lanka a la mesa

@lankacacao




Referencias:

 
 
 

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