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Siempre hay manjar

  • Foto del escritor: Carla
    Carla
  • 26 feb
  • 2 min de lectura

Hay sabores que no necesitan presentación. Están en todas las mesas chilenas, y el manjar es uno de ellos.


Lo comemos con pan o con galletas a la hora del té, en un alfajor de maicena que se desarma apenas lo muerdes, en un cuchuflí que cruje antes de que el relleno salga por el otro lado. Y, por supuesto, se corona en una torta. Porque si hay torta, muchas veces hay manjar.


Todos hemos metido una cuchara en el pote. Siempre decimos que será solo una vez, pero sabemos que son mínimo dos. Ese momento tiene algo especial: abrir el refrigerador, sacar el frasco, hundir la cuchara, sentir la textura espesa y llevarla directo a la boca. Nos conecta con algo cotidiano y profundamente chileno.


El manjar es parte de la vida diaria, pero también ocupa un lugar importante en las celebraciones. Sobre todo, en los cumpleaños. ¿Qué sería un cumpleaños sin manjar?

Cuando llega ese momento en que se apagan las luces y empezamos a cantar “cumpleaños feliz”, todos rodean al festejado. Él mira la torta con una mezcla de ansiedad y emoción. Se termina la canción, se sacan las velas y llega el momento del corte.


El cuchillo se inclina en 45 grados. La punta atraviesa la primera capa, baja lentamente y entonces llega la imagen que todos esperamos: el manjar comienza a desbordarse por los costados.





El manjar tradicional chileno tiene solo leche y azúcar. Nada más. Algunos agregan bicarbonato para intensificar el color, pero más que ingredientes exige paciencia. Revolver sin parar durante más de dos horas, a fuego bajo, esperando el punto exacto. Porque si lo sacas antes queda muy líquido, y si te pasas, demasiado firme. Y, aun así, incluso cuando no queda perfecto, sigue siendo exquisito.


Es el clásico de clásicos. De esos sabores que no cambian, que no necesitan reinventarse para seguir siendo importantes. Se hace con pocos ingredientes, pero nos ha acompañado toda la vida.


Está en las tortas, en los dulces típicos, en las celebraciones. Incluso es parte de nuestro vocabulario. Cuando algo es realmente bueno, sea lo que sea, decimos: “Mmm… un manjar”.


Tal vez por eso sigue estando en nuestras mesas. Porque hay cosas simples que, sin transformarse, terminan formando parte de quienes somos.

 
 
 

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